Entre agresiones, furcios
y contradicciones, la guerra de declaraciones acompañó
el desarrollo de la pelea
Luis
D´Elía amontonaba odios y más
odios con asombrosa velocidad radial. "¡Odio
a la puta oligarquía, odio a los blancos, odio tu plata,
odio tu historia, odio a la gente como vos que defiende un
país injusto..!", le gritaba a Fernando
Peña sin pausa ni respiro la mañana del 27 de
marzo. Ni él lo hubiera imaginado: tres meses después
sus palabras se repiten hasta en ringtones de teléfonos
celulares. D´Elía, en dos minutos, cinceló
en la memoria colectiva más frases que en toda su carrera
política.
No fue el único. Si
algo provocó el conflicto agropecuario, que hoy cumple
103 días, fue una profusa colección de discursos
flamígeros y enunciados polémicos. Un cúmulo
de frases con las cuales podrían resumirse tres meses
de diálogo interrumpido.
"Hay piquetes
de la abundancia", dijo Cristina
Kirchner el 25 de marzo. Era su primer discurso desde en el
inicio del conflicto. Unas horas después los caceroleros
intentaban llegar a la Plaza de Mayo. D´Elía
los desalojó. Los acusaba de "golpistas"
y "oligarcas", en su aplicación práctica
de su "odio visceral". Entre sus variados enemigos,
claro, estaba el vicepresidente de la Sociedad Rural, Hugo
Biolcatti, que había despertado la ira piquetera al
defender la protesta rural por el "color" de sus
manifestantes.
Eran días en los que
entraba en escena Alfredo De
Angeli, que instaló frases de lo más
variadas. "Que traigan la ambulancia porque nos
sacan inconscientes", dijo los primeros días
desde Gualeguaychú. Luego acusó de "mentirosa"
a la Presidenta. Después le dijo que estaba
"mal asesorada". Al final, le pidió
"perdón". Y volvió a pedir "perdón"
hace unos días, cuando se le escapó otra frase
célebre: "Los hombres de campo les vamos
a enseñar a legislar a los diputados".
La
Presidenta también
pidió "perdón". Eso sí, antes
dijo algunas cosas: denunció que el campo quería
desetabilizarla,acusó al dibujante
Hermenegildo Sábat de enviarle un "mensaje cuasi
mafioso" y cuestionó con ganas a la cúpula
ruralista. La última vez, hace cuatro días:
"Son cuatro señores a los que nadie votó".
Pero su intervención más famosa es quizá
la más trivial. El 14 de mayo, en la asunción
de Néstor Kirchner como jefe del PJ, otro grito tendría
destino de ringtone telefónico: "¡Por
favor, los de la corneta, que dejen hablar!"
En el medio había pasado
de todo. Por ejemplo, la renuncia del ministro de Economía,
Martín Lousteau. El mismo que había
dicho que no había "plan B" a
las retenciones móviles, mientras su padrino político,
el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, empezaba a
mediar con los productores. Esos encuentros estuvieron llenos
de frases. "Se me escapó
Moreno", dijo una vez Fernández,
después de que el Secretario de Comercio boicoteara
otra vez las negociaciones. Tal vez por eso, el diputado Felipe
Solá, un día se animó a decir:
"Moreno es un choto". La Presidenta
acotó, días después, sin ánimo
de crítica: "Moreno es malo".
Fernández seguía
de reunión en reunión. "Fue muy fructífera",
dijo la última vez. Un rato después, los ruralistas
retomaron el paro. El gobernador de Chubut, Mario
Das Neves, ya se había animado a una
declaración fuerte: "Alberto, como negociador,
es horrible". Ante los problemas, el ministro
Julio De Vido intentó meter su cuña contra los
díscolos: "No es momento para tibios.
El que no suma, resta".
Los ruralistas no se quedaron
atrás. En el acto de Rosario, el presidente de CRA,
Mario Llambías, improvisó: "Ni
nosotros somos la Unión Democrática, ni ustedes
Perón y Evita" [en referencia a los Kirchner].
El presidente de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi,
fue más fuerte: "Los Kirchner son un obstáculo".
El oficialismo usó esa frase en su contra,
igual que su máxima anterior: "Demostramos
que podemos desabastecer". Buzzi pidió
"perdón". Lo mismo que el segundo de CRA,
Ricardo Buryaile: había dicho dijo que si el
Congreso funcionaba "como una escribanía"
había que cerrarlo.
Gobernadores, opositores y
peronistas disidentes también fueron contendientes.
"No nos van a poner de rodillas",
dijo Juan Schiaretti. "No voy a ser parte de
un partido stalinista", dijo José de
la Sota. "Lo más grave de Kirchner fue
haber elegido a su esposa", se quejó
Eduardo Duhalde. Elisa Carrió fue
terminante: "Kirchner quiere
sangre". Hasta el retraído Hermes
Binner levantó la voz: "El país
necesita un solo presidente".
El hombre siempre detrás
de las frases no era otro que Néstor Kirchner. El mismo
que pidió "paciencia oriental" para "una
lucha larga". El mismo que dijo que "a Dangelis
(sic) se lo habían llevado a upa". El
mismo que puso el toque romántico en la Plaza, cuando
miró a su esposa y le dijo: "Te
amo mucho".